Alguna vez, hacia el siglo dieciocho, el hombre fue catalogado como “homo sapiens”, hombre que piensa; pero esa definición le quedó corta. Mas tarde se le llamó “homo faber” porque trabaja; pero aún así ambas definiciones juntas no podían definirlo. Hubo muchas más, pero se tenía en el olvido que él también es “homo ludens”; hombre que juega. Ésta función del juego es tan esencial como la de razonar y la de trabajar.
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