Continuó el filósofo español: los padres, el entrenador, y el maestro, en lo que le corresponde a cada uno, deben impedir en los jóvenes tanto la rebeldía del niño mimado como la brutalidad de la ley del más fuerte. En cambio, deben apreciar las virtudes de una cierta insolencia de los muchachos cuando surge como afirmación de su espíritu crítico que no todo lo toma como verdad absoluta. Para un entrenador y para un padre o una madre sensatos, la ocasional insolencia de los jóvenes debe verse como un síntoma positivo, aunque pueda resultar incómodo. Ellos no sólo enseñan con sus conocimientos y con su experiencia, sino con el arte persuasivo de su ascendencia sobre los educandos. La pedagogía tiene mucho más de arte que de ciencia. Admite consejos y técnicas pero se domina más por el ejercicio mismo de cada día.
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