Por Jorge Carriles
Maestro, le dije tiempo después al que fue mi primer mentor en la escuela de Texcoco, siento que usted está malgastando su tiempo y su paciencia tratando de enseñarme como ser un guerrero. El contestó: te contaré acerca de un hombre a quien conocí una vez en Quatemalan, el país del bosque enmarañado. Esa gente, como quizá tú sepas, siempre está temerosa de morir. Ese hombre en particular corría a la menor señal de peligro; evitaba los riesgos más naturales de la existencia. Se refugiaba como un animalito en su madriguera, abrigado y protegido. Se rodeaba de sacerdotes, físicos y brujos. Comía solamente los alimentos más nutritivos y todas las pociones vivificantes de las que hubiese oído hablar. Nunca antes hombre alguno había cuidado tanto de su vida. El vivía únicamente para seguir viviendo.
¿Y qué fue de él, maestro?, pregunté. Murió ¿y eso es todo? ¿qué más le puede pasar a cualquier hombre? Ni siquiera recuerdo su nombre. Nadie recuerda nada sobre él excepto que vivió y finalmente murió. Después de otro silencio dije: Maestro, yo se que si muero en una guerra mi muerte nutrirá a los dioses y ellos me recompensarán ampliamente en otro mundo y quizá mi nombre no sea olvidado, pero ¿no podría estar en un servicio en este mundo antes de lograr mi muerte? Nada más toma parte en una buena batalla, muchacho. Entonces si te matan en el próximo momento, habrás hecho algo con tu vida, mucho más de lo que hacen todos aquellos hombres que se afanan por seguir existiendo, hasta que los dioses se cansan de su futilidad y los echan al lugar del olvido.
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viernes, 15 de febrero de 2008
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